Lecturas para el WC

Breves devaneos descarnados

RECUERDOS DE LA GUAYANA

En un instante aparecieron cientos, legión, de mujeres en bragas corriendo como locas con un plátano en la mano, prestó ingerirlo por el culo. Era un tropel de salvajes corceles entre gritando: que me la metan, que me la metan bien dentro.

Un jinete herido yacía inmóvil en medio de la calle para evitar el atropello.

Irguióse entonces mi inmensa polla, gorda como una olla y recia, como la garrota de un pastor, hasta alcanzar la copa de un ciprés. Llegóse a mi cabeza la idea de cabalgarlas a todas hasta que de placer durmieran. Fue tanto regusto que la idea me produjo, que mi lefa se escapó comprimida en el aire regando las tetas de las hembras, al tiempo que me cargaba en la boca de un jabalí que olisqueaba mi entre nalga.

Ellas; al verlo, se mordían los pezones con voracidad; se penetraban ansiosas por delante y por detrás hasta engullir el plátano que compraron en un viaje a Canarias. Yo; que siempre he sido un gilipollas, volví a correrme para refrescar las bocas de las que rugían.

Fueron horas delirantes, cabalgando grupas de mil yeguas.

Con suave pasó fui acercándome al mar, por su arena y su espuma me introduje. Surcó el aire y la ráfaga del agua, el trote de mi unicornio que con su crin me secaba un miércoles de San Basilio el grande.

FERMÍN CUBINO A LA FUERZA DEL SINO

¡Fermín! Prepara el pesebre a los señores, graznó sin recato.

Me escuece la polla señor, respondió el mayordomo. Me siento un tanto agitado, tanta droga me abruma. Y sin embargo, odio las situaciones estériles en que aves nocturnas, de mal agüero, hacen torvas e infames las frágiles miradas de Optaciana, la que dicen estar loca porque vestida de ninfa se folla a la emperatriz. La toman por lesbiana, los secuaces de la corte; si bien, su nabo erecto penetra insistente las vulvas de Abelarda, la rolliza, la que en leche de pepinos se ahoga en las bodegas de palacio.

Como quieras Fermín, deja entonces que te la chupe.

Bien, señor, procure no masticar esta vez.

Así se dijo y se hijo en sábado de santos Telesforo y Simeón.

MIERDA

¡Mierda!, gritaron.

Y esta chorreaba humeante por la pared de la coqueta estancia.

Sabido es, de quienes a un tiempo se informan, que su sabor es agradable al paladar más exquisito, que su aroma emula fragancias del Olimpo y que es signo de elevada distinción, personarse en los partys con la mierda en el culo dejándola chorrear con desenfado por las corvas.

Mierda. Bendita ilusión.

Mierda. Como los chorros del oro.

Mierda. Mi vellocino.

Un celemín de mierda guardo celoso en el sagrario de mi pecho,

prenda de los dioses, golosina entre mis dientes.

Que me quiten los dineros.

Que me apedreen en la plaza.

Que me enchufen un cable por el culo.

Que me desuellen vivo.

Más, Oh dioses concededme que un choruzo de mierda tenga yo siempre en mi boca.

APATÍA GENERACIONAL

En sucesivas generaciones, vino decantándose un espíritu febril que le impulsaba a balar.

Él y su oveja daban largos paseos por la linde del olivar.
¡Varéalo que caen bellotas! ¡Jódelo que lleva albarcas!
Resultó de todo punto imposible convencer a la oveja de que olvidara a su ganapán.
Sin él; ella caería en lastimero balido. Sin él; ¿Qué gustito pasajero sentiría entre sus tetas?
Así las cosas, él se marcho a Cerdañola y conoció a un limeño que le enseño a tricotar.

Se hizo un poncho de colores vistosos y volvió a su pueblo a enseñárselo a la oveja.
Una tarde tranquila en que él venía de hacer sus necesidades, topose de hinojos con la oveja y diole un beso en la mejilla.
Qué calentita es tu lana en jueves de San Nicanor, exclamó un gorrión.
Y ambos se cagaron a un tiempo…
De manera que…  De forma que…

HERMINIA VICETIPLE Y EL HORTELANO HERBÁS

Ella era virgen como una hormiguita obrera. Jamás imaginó que aquel soberbio cipote pudiera atravesarla sin partirla.

Eran otros tiempos cuando saltaba la verja de su casa, en el pueblo, para acariciarse el coño con pajitas, escondida en el seto. Y cuando abría las piernas frente a la ventana del vecino para que él se la machacara contemplando sus tiernas braguitas. Ahora su chocho era inmenso, acostumbrado a meterse botellas de cocacola helada para aliviar su ardor en las crueles noches sin luna.

El día en que Herbás le dio aquél pollazo que la hizo salir por la ventana experimentó el vuelo sin motor, quedó extasiada, ensimismada en un orgasmo múltiple; razón por la cual ahora solo piensa en comer pollas con el fin de regular con sus mandíbulas la precisión del vuelo. Disfruta haciendo cabriolas en el aire. Algunas tardes queda con Herbás en lo alto de un alambre y se inflan a comer chóped.

¡Pa eso es palo que han quedao!, ladra una vecindona. Pero claro, es muy fácil decir eso cuando por detrás te la está hincando el fontanero con ese frescor plomizo que te descoyunta. A la vecindona querría ver yo cuando no hay polla que echarse a la boca.

Herminia, en cambio, era una puta culta. Tenía catalogadas diversas lefas por su distinta coloración y sabor, pero fue la prueba del papel tornasol la que le convenció de que una polla dura lo que dura dura. Herminia Vicetiple, llamada así por su afición a cantar rancheras cuando le metías una moneda por el culo era, sin embargo, una sentimental, le pasaba lo que a los búfalos cuando se ponen a tricotar para celebrar la primavera.

A Honorio, su marido, lo que más le gustaba era rascarse los cojones sin ningún miramiento cada vez que se le antojaba. Su vida se resumía a eso, por tanto era feliz con costrones en el culo. Y más, desde que su mujer conoció a Herbás.

COSME, ANTIGUO COADJUTOR

En la ciudad de las tres culturas, el “bolo” no encuentra ninguna.

No sé porqué disfruto tanto haciendo el gilipollas, se preguntaba una noche Cosme, teniente de alcalde de El Borril.

Es lógico, le contestó la loca del Carpio, porque eso es igual que si sacas a un esquimal de su iglú y lo metes en la tienda de un beduino.

Tú crees, repuso el muy asno.

Yo si. ¿Y si te la chupo me das para bolillas?

Tu chupa y calla, verás como sabe a anís.

Uhm, chupo y callo, chupo y callo.

Cosme, como tenía oído que contra más polla mejor, se compro otra para tener dos.

No hay modo de concebir a un “bolo”, sino redondo y rodando por la ladera.

PEDIATRIA DEL CALCIO

El Dr. Dionisio era el artífice de que toda su vida estuviera llena del calcio. Tal fue la cantidad ingerida que el “miembro” se hizo hueso calcáreo que usaba como llavero y de percha para el paraguas, además de sus normales funciones. Era codiciado entre las hembras  de la ciudad por la insultante reciedumbre de su “miembro” óseo.

El día de su boda, la novia le anilló el capuchón del “miembro” en vez del anular. Desde entonces tiene alergia a las bellotas y no prueba el bacalao, con lo que su novia utiliza el “miembro” para cambiarle de postura cuando ronca.

¡Así es la vida! Unos la bendicen y a otros les dan las hostias.

LAS FIESTAS DE TIBURCIO

¡Oso hormiguero que bien escudriña: buen amiguito se ha echado la niña!; le gritaba un pastor belga a su borrica.

Te acuerdas cuando te masticaba el coño, continuaba.

Uhm si, aquellas tardes fogosas en que terminabas follándote a la oveja, replicó la borrica.

Tiburcio tenía mano con los caballos, si una yegua estaba terca le metía el mango del escobón por el culo y la dejaba beoda de gozo. Con el erotismo electromagnético que irradiaba la cuadra entera se excitaba, las vergas de los caballos se utilizaban de cucañas que trenzaban las vírgenes del pueblo. En las fiestas de Tiburcio todos los gañanes encontraban donde meter, hasta Valerio el cojo que por su falta de movilidad la metía en un agujero de la pared o en las argollas de atar a los mulos. Las hermanas de la calle Betis gustaban de sacarle lustre a los prepucios de las caballerías; se untaban el coño con miel y se metían con la perrilla pastora entre los cascos de las bestias para hacer con sus trabucos lo mismo que la perra con sus coños. Estaban tan hechas a las dimensiones del miembro de las bestias que la infausta verga de los gañanes apenas les servía de pirulí para el tercer ojo, llamado familiarmente ojete. Se vanagloriaban de ser las reinas del placer en las fiestas de Tiburcio. Especialmente curiosa llegó a resultar la fiesta del Frenillo que se abría con un cartel en el portón de la cuadra donde rezaba en cursiva: “Por ahí; por donde resuella el animal”. El eslogan se interpretó contundentemente desde el principio. Venerio, nada más verlo, rodeo de ortigas su polla mora a modo de corona. Demetria venía preparada y levantándose la falda mostró una hermosa zanahoria recién arrancada medio incrustada en su melva. Nox, apodado el suave, que era un noruego que se perdió en una feria del ganado en Oslo cuando era niño y que siguiendo a una cabra que andaba suelta vino a parar aquí hace ya varios lustros, le asestó una caricia de oso a mano abierta que incrustó la zanahoria justo por ahí, por donde resuella el animal. Demetria se sintió alborozada de la impresión. Sintió recuperar de golpe tantos años perdidos vistiendo los hábitos de las Siervas del los Cojoncitos del Niño Jesús. De modo que se casó con él. Y él le traía las zanahorias más gordas. Tan satisfecha estaba de la vida que se hizo yogui. Y en esa deletérea relajación llegó a absorber quince zanahorias a la vez en sublime éxtasis. Como estas hortalizas son buenas para la vista, la Demetria alcanzó a ver a un Divé, por lo que renegó de su fe cristiana para darse para darse al jolgorio y la pasión sin freno. Ahora, cada vez que Nox se la hinca por detrás se arranca por bulerías, mientras Nox le hace los coros: “Son las cinco y veinticinco y por el culo te la hinco”… “meto y saco del revés porque toco el corno inglés”.

DOS RANAS FILOSOFANDO EN LA PUERTA DE UN LUPANAR

¡Por San Cándido y Simplicio que la cosa se complica!, mascullaban dos ranas en la puerta de un lupanar.

– El refranero popular, decía la más vieja, es la enciclopedia de los ignorantes: es incoherente y contradictorio y está muy pasado de breva.

– Más pasada que tú no será, dijo la joven.

– Vosotras, aún célibes, solo pensáis en simplezas. El fragor de vuestras ancas os derrite el cinganillo. Yo; que tengo más calle que pelos en el mondongo, prefiero sapo chulo y perverso, pero disecado y con la piel del color del billete que me dé.

– Eres drástica y rala cual polla de cardo en la boca, observó la ninfa.

– El rodar incesante y el continuo tableteo te hacen piedra roma que se lanza sin descanso a los cojones del destino.

– Tu boca es sibilinamente hembra y martillea el yunque como el cipote de un montañés en el culo de una serrana, dijo la ranita y eructó, mientras se iba con el suave chof de aquella tarde.

EL TEMPLO DE LA VULVA RANCIA

Társila, Cástula y Gazmia, no eran más putas que cualquier ministro del gobierno o de dios, pero bien que se gozaban de mancillar el crédito de todas las personas que, como ellas, se jactaban de vivir en zoofilia. Crearon el Templo de la Vulva Rancia, donde se negaba todo y sólo se asentía por el ano.

– Quiero buscar mi verdad en ese templo, le decía un jorobado a su anciana madre.

– Tú eres tan gilipollas como tu padre, le replicaba esta.

Y enarbolando la garrota que sostenía al jumento le asentó un soberbio palo en la joroba. Como viera que su hijo, al recomponer la figura tras alzarse del suelo con un diente en la mano, la miraba en silencio con aire de reproche, le dio una patada en los huevos y se descoyuntó la rodilla.

– Por San Medín, compórtense madre e hijo, gritaba un municipal con la cara de gilipollas que tiene todos los municipales que lo son. ¡Si habéis de pleitear que sea ante justo juez!

– Y tú qué dices, gilipollas. ¡Te crees que estas en el teatro! Cada día sois más tontos, dijo el chepa. ¿No ves que está mal la vieja y yo voy reptando?

– Si… Y qué hago yo ahora… Bueno, me voy yo estoy de retén.

– ¡Anda, si, acuéstate y suda feligrés!, le gritaron los dos a un tiempo.

LA LEANDRA Y EL SEBASTIAN

-Sé que sabes que quiero que me folles.

– Estás cachonda y quieres polla, lo sé. Coge el pomo de la puerta y te lo metes por el culo.

– Ya estoy harta de hacer eso. Quiero meterme un kilo de lomo.

– Puedes meterte el chóped que he comprado y la batidora por detrás y yo la enchufo.

– ¡Quiero lomo! ¡Quiero lomo!

-¿Quieres lomo?… ¡Toma lomo… toma lomo!

– Ay qué cosa que me entra… ¡Qué pollazo Sebastián!

– Sólo te he “clavao” media estaca y antes de que sea más tarde voy a comerme tus tetas por si no llego a los postres.

– Cómete el coño también, Sebastiancito, que está hirviendo en su jugo, anda y dale un lametón que me refresque hasta el útero porque estoy “preñá”, o ¿es que no te has “dao” cuenta?

– Cómo voy a darme cuenta si no paras de comer cual cerda visigoda.

– Es que cada vez follo menos.

– Es tu sino, saco de sebo.

– Si, pero fóllame otra vez como si nada.

– ¿Cómo si nada? ¡Toma polla, Leandra! Toma y sorbe que el néctar escasea en estos tiempos donde hay tantos maricones.

– Dame, toro mío. Yo me pido el requesón.

– Así… así se come una polla.

– Tu estaco parece un fagot, mi bruto.

– Pues toma la música en tu vientre de este cipote tuyo, pues tú lo has moldeado con tu lengua.

– Santos Eusebio y Adrián, procuradme dulces goces.

– Santas Olegaria y Perpetua, que me guarde el requesón.

HAY QUE LAVARSE EL PREPUCIO

– Tengo el chocho “escocio” y me estoy volviendo frígida por culpa del requesón que cultivas en la polla, lávate un poco el prepucio porque me vas a infectar.

– Encárgate tú con la lengua que tengo el cutis muy fino y el jabón no le va.

– Que te la chupe tu madre que te lo hará con más mimo.

– A que me la corto un día y te quedas sin pastel.

– Ni que destilara miel, esa polla de gañán que tienes.

– (Echándole mano entre las piernas) Pues tu coño rezuma cual si fuera un manantial, te pones como una perra cada vez que me la tientas.

– Me pongo como me pongo porque no estoy bien follá. Clávamela en el ojete y me colocas la almorrana.

– Ahí que ver que puta eres, Jenifer Licelot.

– Es que aquí en la sierra los hombres sois muy bravos.

– El cipote “tié” que estar en el “bujero” “pa” que engorde la cochina. Tú espatárrate bien “pa” que te entre mejor.

– Es que la tienes tan gorda que me voy a atragantar.

– Ya tendrás tiempo de ahogarte cuando te la enchufe en el hocico, ahora ves haciendo gárgaras porque vas a cantar.

– Uhm… qué polla, cuanta polla… todo polla.

– Que putas sois en Logroño, cómo os gusta el salchichón.

AMADEO CANSON

A Amadeo Cansón se le pasó la vida en busca de criterios éticos en los que fundamentar su conducta. Sus actos, como palos de ciego, deambulaban entre la euforia y la melancolía de su ecléctico sentimentalismo. Así fue que un domingo de pascua, regocijo de feligreses, decidió hacerse pregonero de la incuria y recorrer el mundo descalzo recitando letanías.

Al cabo de ciento un años, con un cuerpo de rapsodia que ni un perro roería, quiso hacerse bailarina de un ballet austro-húngaro-

– Mejor te tiras a la olla y nos hacemos una sopa, le decía un gitano.

– Más dignos que gusanos sí que sois, les dijo, y se tiró.

ACOSTUMBRADA A GUSTAR

A Mariola, acostumbrada a gustar, se le hacía insufriblemente eterno, el breve instante en que su novio la abandonaba para hacer hueco a la próxima cerveza. Su adicción al halago le creaba un mono que congelaba sus preciosos labios en un rictus de coño. Algunas víboras envidiosas con las que entabló amistad en su periodo escolar, la llamaban boca-chocho cuando querían joderla en su engreimiento venusino. Luego daba, en seco, media vuelta sobre la puntera, vertiendo su cadera a un lado, descolgando la pantorrilla y elevando, por el otro, redondo como un quesito, el carrillo más sabroso de su culo respingón. La marca de las braguitas, bajo la suave chenilla de su minifalda, dejaba localizar la inclinación precisa de su almeja morena. Volvía a girar de nuevo media vuelta más despacio, inclinando la cabeza para abrir el pelo en abanico y peinarlo al final con los dedos de ambas manos que por detrás de la oreja saltaban formando arco en el aire, exhibiendo, de inmejorable manera, la tersura de su pecho joven de inhiestos pezones bien centrados.

Así era ella. Y cuando él llegaba del servicio, ajustándose el cinturón y balanceando su cuerpo como un mono, le miraba a la boca y lo besaba restregándose entera con lascivia.

Sabrosura era verla salir de la faena, por sobre el hombro de él, con la mirada húmeda que reposaba en la mía y una brizna de saliva destellando en su labio en un tono violado menor.

EL MITO ESCATOLÓGICO

¡Primero cagó, después se limpió y luego se irguió!, refería el buhonero con exaltada vehemencia, apoyado en la jamba de la puerta y alzando la vista hacia el dintel cada tres segundos debido al tic que tenía por el susto de vivir. Tomó aire y rascándose el cuello como si le picara un tábano, prosiguió deleitado relatando chascarrillos con los que matar el tiempo:

El primer paso en la evolución del primate fue dado al alba cuando un alegre monillo, refrescándose el culo con suaves hojas de rocío humedecidas, hizo desaparecer de golpe el olor de su propia mierda que envolvía su universo olfativo. Alzóse entonces sobre sus cuartos traseros, borracho en la variedad de fragancias que el aire le traía. Descubrió que la vista dibujaba el horizonte. Quiso alcanzarlo de un salto y aprendió que con dos piernas se podía bailar; así que afinó su oído y compuso la armonía que equilibrara su danza.

– ¿Qué bonito, buhonero, no te sabes más historias?

– Más historias contaría si a un estrado me subiera, más fantasías cantara si un púlpito me encaramara y en siendo que no es el caso, pues no hay púlpito ni estrado, más historias contaré cuando la siesta haya echado.

Y emulando el cacareo del pavo tomatero, se marchó.

VENANCIO POLLA BRAVA

Venancio “polla brava” nació en el Ampurdán, acostumbrado a ver siempre el mar encabritado, no consintió nunca en ponerse calzoncillos. Siempre pensó sus cojones como caracolas marinas y a su nabo apodó rompeolas. El día en que descubrió su impotencia, de tanto cascársela en su juventud, sintió una inmensa grieta en el culo; como si el mar le perforara el ano arrastrando consigo el cultivo de percebes que tanto le había costado criar. Abatido en su desgracia vendió su alma al diablo para tomar por detrás. Y viendo que le iba bien, pues siempre encontraba quien lo perforase,  se operó el recto y se lo puso de platino para no escocerse con tanto devaneo. Su vida cambió de dimensión viviendo ahora un orgasmo continuo. Iba todas las tardes al puerto para recibir los buques que atracaban; se colocaba de espaldas frente a la escalerilla de embarque, ligeramente flexionado, cerraba los ojos y empezaba a contar. Antes de que llegara a diez ya tenía una estocada de recio grumete ensartada en su ojete. Normalmente, como el grumete, que llega y mete, tomaba carrerilla, salían los dos despedidos contra el farallón. Venancio se dejaba siempre algún diente en el encuentro, cosa que solucionó más tarde con un casco que le robó a un motero de New Humphrey que andaba beodo en su Harley. Conocido desde entonces como la “loca del casco” estaba bien visto y mejor follado por los estibadores del muelle.

Hacia la media noche frecuentaba los garitos donde turcos y argelinos rezumaban lascivia. Allí se hizo diestro en mamadas. Llegó a cogerle el tacto al nabo, saboreaba el latir que presagiaba la lefa, y aunque al principio se apartaba para no ser salpicado, terminó al fin siendo adicto y rebañando con fruición hasta la última gota de leche del postrer envite volcánico. Tragaba tanta lefa que perdió el apetito. Un amigo le dijo que una buena “corrida” injerida en su totalidad equivalía a un filete de ternera de Ávila; razón por la cual se puso a plan por temor a engordar y estimó que litro y medio de ambrosía fálica al día no alteraría su peso. Pero se equivocó, litro y medio de semen era una dieta excesiva equivalente a veinte kilos de ternera, y aunque no comía pan engordó más que una serrana de bierzo en estado de preñez o castidad forzosa. Incapaz de correr más de diez metros y sin voluntad para pedalear en el ciclostatic de la foca de su cuñada, era el hazmerreír de los chavales del barrio, quienes ponían trampas para hacerle caer y llevarlo rodando a patadas por el riato en Motilla del Palancar.

Venancio entró en una depresión profunda que dio con sus huesos en Pollensa. Allí observó una nueva dieta isleña consistente en meterse y sacarse por el ano un racimo de alcaparras untadas en aceite de petunias importadas de Belice. El tratamiento tuvo feliz efecto: “polla brava” consiguió apagar su deseo sexual y asistir entusiasmado al crecimiento de un geranio en lo que antes fuera recio miembro. Se sentía un hombre nuevo en una nueva tierra inexplorada. Un día quiso dar un largo paseo y se cayó al mar. Siempre fue muy torpe en el agua, así que tragó varios litros y estuvo a punto de perecer. Fue sacado a flote por un grupo de alegres percebes que vivían en la costa. Las lágrimas emocionadas de uno de ellos no pudieron contenerse al reconocer al que fuera su padre allá en la Ampuria brava; cómo olvidar ese cavernoso ojete en que creció. Padre e hijo se abrazaron en feliz encuentro. El percebe, sintiéndose viejo, manifestó a su padre el deseo de ser enterrado en su buche antes de ser devuelto al mar. Venancio accedió, procediendo  con gran ceremonia: lo degustó y lo cagó como corresponde a un ser querido. Y al mirar el choruzo a la deriva, un destello luminoso lo cegó y en dando un mal paso volvió a caer al mar. Pero esta vez se ahogó porque los percebes estaban en misa por ser diez de marzo, día de San Macario.

LA FOTO DEL LUPANAR DE MIGUELÍN

Miguelín, de aspecto menudo, era un chulo con carisma pues conocía idiomas; había aprendido en sus viajes a tratar a los nativos con vara o verga, según el sexo que tuvieran. Sabía que el cipote es fanfarrón y vanidoso que se infla de orgullo y la melva es voraz y chupadora, insaciable de por sí. Con estas premisas fundó en Portugalete el famoso lupanar que tan célebre lo hiciera. Se dice de sus clientes que salían transformados; si entraban reticentes, salían levitando; si hambrientos de emociones y brutos hasta el rabo, salían tropezando despidiéndose en francés; si entraban de soplete por ver el tenderete, salían con bonete y la mano en el ojete; si por no pecar no pasaban, se iban silbando al seto y allí se la cascaban. Y aunque en la primera época no paraba hembra alguna, no tardó en ser conocido como El Lumpen Ambigú o el ambigús, como decía el Aurelio que era retrasado y que no sale en la foto porque había ido a por gaseosa.

Sobre el fondo de la misma, en que aparece un motivo de Sta. Ignacia de Antioquía, se abigarraban en orgiástica algaraza los veintidós personajes del exótico lugar. La benigna, siempre con la boca llena, redonda como un barril y con tetas como cántaros, tenía los brazos en jarras y la rodilla izquierda en alto para que se vieran bien las bragazas que cubrían ese coñazo suyo que más parecía el bocata de un albañil. Pasaba de los noventa en kilos y era la única capaz de follarse a un centenar de reclutas en una sola noche. Su especialidad eran las cubanas, cuando tenía los cojones del cliente entre sus tetas, se cruzaba de brazos y aquél veía las estrellas; entonces lo amenazaba con hacer una tortilla; el cliente aceptaba cualquier tipo de chantaje en tales condiciones. Dado el sí, la Benigna le comía el nabo y lo celebraba tragándose la lefa. De esta manera tan simple amasó, la muy puta, su fortuna. Pues de qué otro modo puede ser de uno, sino robado, el dinero, por garras de halcón o neblí. Ahora su riqueza era envidiable; dejó a tiempo el lupanar para bailar mambo y salsa en una aldea de Burundi entre vergas de nativos. Ya no cobra, pues nada ansía. Ahora, por fin folla gratis, cosa que nunca imaginó; más bien, siempre pensó que debiera de pagar por el gusto que le daba.

A su izquierda y con la polla en la mano para no perderse comba, como siempre, el Licarión: taimado buitre de aguijón siempre dispuesto, estimado por todos y apodado el picaor. Si pudo controlarse en la foto sin clavársela a nadie, fue por su vocación de actor que le empujaba al exhibicionismo. Si bien, preciso es decir en su memoria que una vez estallado y esparcido en el aire el magnesio, como traca concluida, se la clavó en el culo a la Benigna según caía, perdiendo el equilibrio, impactada por el destello del flash. ¡A tus odas, Licarión!, le decían con frecuencia, las mozas, porque era poeta. Y el metía, por respuesta, el terso nabo en sus bocas. Hazme un trémolo de flauta que me componga el hato, para que hermosos poemas de mis labios te regale, replicaba el Licarión.

No muy lejos del mentado, la Vetusta y la Beltrana estaban sobre el sofá, en semi sesenta y nueve, chupándose los pezones mutuamente; los de la Beltrana eran recios y bruños y su aureola morena cubría el belfo a la Vetusta que se movía ansiosa de un pecho al otro derramando saliva por la canal, que bien agradecía la Beltrana. La Vetusta, como era peruana, tenía los pezones cual cuernecitos de diablo apuntando hacia arriba y la Beltrana los ajustaba a su fosa nasal para masturbarlos. Como el sofá era biplaza, por el lado izquierdo salía el culo de la Vetusta, que con delectación se comía la Redempta, conocida como la compresa por ser su lengua del tamaño de la de una vaca y con la agilidad del colibrí. Ella sola se bastaba para atajar, coño y ano de una sola lamida. La Vetusta se corría como yegua en celo, mordía los pezones de la Beltrana y se los soplaba a modo de zanfoña, añorando los sones de su tierra natal. El lamido de la Redempta era de un sibaritismo exquisito, sabiamente incentivado por el Baudilio, que sobre la posición chupadora, a cuatro patas, que mantenía la Redempta, la tenía ensartada por el culo de recio pollazo; con su derecha le metía y sacaba una jaula de grillos por el coño y con su izquierda le hacía florecer el zinganillo.

Por el otro lado del sofá, exhibía la Beltrana su coño imperial. Era un coño romano de sobrias líneas, su monte pubiano se alzaba bruscamente entre selvática vegetación negra azabache, el rizo de su bello eléctrico atraía las bocas como mangar a bestia hambrienta. Los labios mayores que protegen su perla se escapaban del ramaje, extendiéndose como carne volcánica, fundiéndose en tonos melón con la jibia pudorosa que permite el paso a su palacio interior. La Beltrana, sabedora de su precio, siempre lo mostraba. No así el ano, que era su espina kármica. Su culo era frondoso aunque algo caído, pero el nerviosismo de su carácter le llevó al constante estreñimiento y éste a las hemorroides, que siempre padeció en silencio, convirtiendo su intestino grueso en género de casquería.

No obstante, el Ciriaco, que no era nada remilgado, encontraba muy sabroso ese ojete cavernario y al tiempo que en él clavaba su arpón, le metía la mano entera por el coño con el reboleo del pulpo antes de ser apaleado y preparado a feria, reservándose el pulgar para masajearle el clítoris. El Ciriaco, rudo y fuerte, era difícil de satisfacer, su traza animal resultaba irresistible y su capacidad amatoria semejaba a la del toro. Tanto era así, que tenía que correrse antes de empezar, de lo contrario ahogaba por la boca o anegaba por el culo a su rendida víctima, pues sus soberbios huevazos desalojaban litro y medio de lefote en su primera explosión.

Detrás del Ciriaco, sobre sus riñones, agarrado a sus costados como un mono macaco, se la está clavando el Sixto; antiguo jockey venido a menos desde que una yegua árabe lo lanzara en seco contra la tribuna del hipódromo de Vista Alegre. Y al que en su desgracia acogiera un día Miguelín, en deuda por los sustanciales beneficios que obtuviera en otro tiempo con los corredores de apuestas.

Ursicio era el único hijo de un negro de Namibia que herido de muerte fue arrastrado por el mar hasta una costa en la polinesia, donde una sensual nativa lo atendió con cortesía, quedando preñada de él antes de que muriera. Años después, madre e hijo fueron secuestrados por una mafia de prostitución italiana con sede en Palermo, siendo destinados a la casa Piamontini para deleite del capo. Mientras la madre le chupaba el nabo a éste, con la suave dulzura de quien lo ha perdido todo, dos bestias con sombrero que había metido al niño un litro de agua por la boca, lo sostenían delante de la cara del capo, a modo de botijillo, azotándole el culo hasta que meara cual fuente bermeja en las alcohólicas fauces del grande de la casa. Era el ritual que daba paso al convite, y fue allí donde Miguelín, estando invitado, acepto a Ursicio como regalo, trayéndoselo a España tras conocer el fatal desenlace que llevó a la madre a lanzarse al agua, ida en sus cabales, con el fin de alcanzar mares más cálidos.

Ursicio creció como un bisonte negro de piel brillante, superior en estatura y valor. La enorme contundencia de su nabo le impedía encontrar caverna alguna para su martillo pilón. Un día, perforando el coño frondoso de la Benigna, hubo de parar para no causar destrozo. Desde entonces se grabó amor de madre en el prepucio y sólo se la chupan. Él se tumba, en cruz, en el suelo con la verga al aire. Las arandelas que le lanzan empiezan a rodar desde la ingle hasta los güevos y el cipote se iza lentamente hasta que el prepucio se engalana. Es entonces, cuando el primero que anilla el astil se lo come, restriega y se fustiga con él. Esta es la razón de que aparezca tumbado boca arriba y empalmado en el centro de la foto.

Más allá de su cabeza, hacia el tercio derecho del encuadre, aparecen las braguitas de la Lina, cervatilla portuguesa que sabía a vino de aguja y traía en su piel la brisa húmeda de Cabo Mondego, donde su flor germinó entre fados y ensueños. Y que acababa de llegar cuando todo se hundió.

De la pose que exhibieran los demás personajes nada podremos decir por no poseer ni el polvo de lo que el rayo quemó. Milagroso es que quedaran dos tercias partes intactas de una foto de bolsillo cuando el lumpen se deshizo tras la ira natural, conducida por Eolo, que arrasó la ciudad. Hoy tiene Portugalete el mejor puente colgante por el que pasea el Aurelio que, como era retrasado, se libró del fiasco por haberse ido a Deusto en busca de la gaseosa.

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

 
A %d blogueros les gusta esto: