Memorias de una zarina imaginaria

A los 4 años:

No pocas veces, antes de irse a dormir, le contaron su abuelo y sus tíos el cuento de ‘Caperucita y el lobo republicano’ diciéndole que no tuviera miedo y que ya lo comprendería cuando fuera mayor. Diez años más tarde su padre, la noche anterior a la decisión de la invadir Polonia, le reveló en tono grave quién era él lobo del cuento. Hablole de cómo tenía dos patas y no cuatro, de cómo eran sus colmillos de arma blanca, de cómo no aullaban sino que hablaban en polaco, de qué tipo de sangre querían derramar, de cuán rastreros eran, de cómo llamaban República a su diosa pagana y otras cuantas lindezas. La Ubú, lejos de embarcarse en reflexiones críticas sobre lo escuchado, quedó empapada, como torrija en vino, de las emocionales sentencias que su padre profirió y nunca fue capaz superar sus prejuicios al respecto.

A los 8 años:

Al cumplir los ocho ingresó en el coro de voces blancas de la catedral de San Petersburgo de donde, el capel master, nada consiguió sacar salvo un gran alivio el día en que ella decidió dejarlo porque no era la solista. Ni que decir tiene que ella nunca supo que lo hacía regular porque nadie se atrevía a decírselo. Sin embargo a su padre no se le daba mal y aunque no era un divo del bel canto, tenía una voz poderosa y un timbre colorista que la transportaba a caballo por las estepas alfombradas de ocre con las hojas caducas de los robledales en otoño. Las canciones de su padre destilaban melancólica hermosura. Pero cantaba poco. No así su madre que lo hacía muy a menudo, pero no rayaba a la altura de su padre y le gustaban otros ritmos más desenfadados, como polcas y valses, que se estilaban en los salones y fiestas de sociedad.

A los 10 años:

Presenció el gran desfile de la Victoria tras la Campaña de Ucrania. Le impresionaron los cosacos con sus charreteras y cascos de plumas, tan repitiesos sobre sus corceles blancos. Y cuando apuntaban sus espadas al cielo girando la cabeza hacia el palco real. No se cansó de repetirle a su abuela: “Todos me miraban a mí; y que guapos estaban”. Todos los generales y sus esposas lucían esplendorosos con sus deslumbrantes ropajes en la recepción de palacio. Todos hacían los mismos gestos y reían sin gracia.

A los 13 años:

Hizo un dibujo al óleo del Chápiro Verde y guardolo dentro de una vitrina con patas de oro donde se guardaba para los actos solemnes y bodas familiares.

Su madre la conminó a cuidarse de la rija de los hombres, a cuya naturaleza le resultaba imposible sustraerse de la holganza. Le relató con crudeza los continuos episodios vergonzosos de su abuelo con todo quisqui en la Corte, de cómo siempre la llevaba colgando hasta que se la cortaron (como al padre de Nicanor) y de cómo todo eso hizo de la reina-madre una mujer recelosa y asexuada.

Su tío Vania Alekseyev (quién cuatro años más tarde quedaría paralítico) volvía de su viaje a la Toscana y la república e Venezia, con un regalo para su venerada madre: siete preciosos baúles de enebro labrados con filigrana de marfil y repujados en oro que albergaban 3.000 piezas de vajilla de cristal veneciano. Nunca vio la Ubú artesanía más delicada. Si los baúles ya la impresionaron, cuando el lacayo abrió el primero para mostrar su contenido, un rosario de destellos coloristas refulgió llenando el techo de la estancia de reflejos irisados de la luz del claro día. Su abuela, devota del cristal veneciano, lloró de emoción al contemplarlo. Para la Ubú fue un momento mágico que siempre recordaría. Desde entonces tomó especial aprecio a estas piezas confiriéndoles significado de blasón familiar.

A los 14 años:

Asistió, bajo la tutela de uno de sus educadores y de su dama de compañía a la feria del ganado de Tallin en Petrogrado. Le pareció un espectáculo soez y maloliente. Tétrico y de mal gusto le pareció el ritual de la degollación del buey (que sólo, bien se lamía) Tanta sangría y tanto vociferio resultole de todo punto repulsivo. De los mozos plebeyos que, con descaro, exhibían burdos gestos de lasciva machunez, repudió la lujuria con que sus ojos miraban las protuberancias de la hembra; como embebidos, como endemoniados, como berracos en celo, sin la menor delicadeza hacia las mozas que, aunque mostrencas, flores eran.

A los 16 años:

Desde que tenia diez años solía cantar con frecuencia, acompañada al clavicémbalo o al laúd por su instructor, en las reuniones que su madre organizaba para las damas menesterosas de la nobleza con quienes distraía el tedio. En su dieciseisavo aniversario decidió tajantemente acabar con tales representaciones por el escarnio que sufrió de parte de sus tías y algunas vecindonas cuando las recriminó, con descarada insolencia, tildándolas de cadavéricas presencias cubiertas de polvo de arroz. Y todo ello por causa de verse obligada a cumplir con la velada mientras su febril corazón enamorado porfiaba por fundirse entre las manos de su primo Nicolai que había venido a visitarla. No obstante esto; sus clases de canto, fueron siempre una rutina con que la Ubú se sacudía el estrés haciendo gorgoritos, pues no era conocido el yoga entre la aristocracia rusa.

A los 17 años:

Su tío Vania Alekseyev fue victima del ataque de un grupo organizado de sediciosos descontentos con la política gubernamental para el campesinado. En la revuelta sangrienta sufrió severas lesiones, quedó paralítico al volcar el coche en que viajaba cuando, dándose a la huida, su cochero fue alcanzado por un objeto arrojadizo. Ella lo sintió especialmente por la buena relación que tenía con su primo Nicolai a quien consideraba amigo muy querido.

A los 20 años:

Su padre mandó cortarle la cabeza al bufón porque le caía antipático. Y es que su madre mostraba claras preferencias por el ingenioso cómico del Moldava, poseedor de la vasta sabiduría del trotamundos y relator de un sin fin de chascarrillos que la deleitaban. Su padre; al que siempre le habían gustado las artes escénicas, llegando incluso a representar varios papeles cuando era adolescente, no soportaba la inteligencia escurridiza del bufón ni que fuera mejor actor que él. No pudiendo tolerar que a su esposa le agradara tanto y siendo tan celoso y zalamero como era, encontró la excusa perfecta para degollarlo el día en que se levanto la revuelta de Moldavia, declarándolo enemigo de la corona.

A los 25 años:

Cumplidos los 25, tres antes de su boda, comenzó a ser asidua de las cacerías que por doquier se organizaban para que los nobles varones trataran asuntos de gobierno entre algarabía de tiros y sangre derramada; mientras que las damas se ocupaban de los tales asuntos urdiendo intrigas entre dimes y diretes de pasiones carnales consumadas. Mas, aunque a ellas no les complaciera embriagarse con la morbidez del animal exangüe, a la que eran adictos sus cónyuges, si gustaban de practicar el tiro por el estado de euforia que les reportaba el estruendo y el olor a pólvora quemada. A ello se unía el grato recuerdo del día de montería más importante de su vida, aquél en que se cobrara la mayor pieza de la batida: el mismísimo Ubú. Fue un 14 de abril en los montes de Zagorsk, esplendorosos de tilos de hoja grande, Pterocarias y Zelcovas del Caucazo, cuando cautivó con su arrebatada belleza al abnegado cazador que tras gozar de su dulzura quedó de su flor prendado. En recuerdo de aquél día, siendo ya reina, hacía traer por primavera unas ramitas con bayas rojas del mismo serbal bajo el que yacieron.

A los 28 años:

Yendo a uno de los diversos lugares de estancia vacacional de la familia, poco antes de su boda con el zar de todas las rusias, pudo comprobar con indignación el resultado del saqueo que había perpetrado la garduña rebelde que antaño fuera desposeída de sus tierras. Tal espectáculo, a su juicio, fue consecuencia del espíritu de avaricia y rapiña que anida en lo más bajo de la condición humana, patrimonio exclusivo de las misérrimas y empecatadas clases bajas. Le impactó grandemente descubrir los pañuelos que bordaban sus modistas con el sello de los Ubú con restos, aún recientes, de haberse limpiado el culo.

Desde que hubo alcanzado la regia dignidad, era temida por sus criados debido a los indulgentes caprichos que a cualquier hora se le antojaban. Había mandado instalar una campanula de atención a la reina en todas las estancias que frecuentara y a veces la tocaba solo para joder. Era el terror de la servidumbre; quienes se desvivían por pasarle los recados al más desprevenido con el fin de evitar los ‘daños colaterales’ que los aires despóticos de Su Majestad pudieran provocar. Desde niña era ya muy caprichosa, pero fue en su arrogante adolescencia, a raíz de incidentes reiterados con la hija insolente del ama de llaves armenia que tenía una tía suya, cuando le tomó el regusto al vicio de putear a sus inferiores con desdeñoso refinamiento. Enredaba a la servidumbre con modismos culteranos, porque no era nada tonta, destacando sobremanera en asuntos de finanzas. En época de ‘vacas gordas’ tenía a raya a los ministrales, o al menos así se lo hacían creer; su insaciable deseo de lucro llevó a la destitución, merced a la influencia con su esposo, de dos aviesos ministrales que no cuadraron las cuentas que a la sazón ella se hiciera. Lo que peor llevaba de estos era su nada atractivo aspecto: bien de cerdos en sazón de pestilentes sobacos, bien de enjutos jumentos de hirsutas cejas despeinadas, narices aquilinas de orificios cavernosos y uñas de gavilán. Y aunque, en modo alguno le gustaban las continuas ausencias de su marido, se resarcía de ello firmando, a diestro y siniestro, apropiaciones y embargos con los que inflaba las arcas en modo desorbitado. Conducta muy reprobable que terminó volviéndose en su contra por no ser del agrado de plebeyos ni de nobles; y es que la política nunca fue su fuerte errando al considerarla mera cuestión de protocolo.

A los 29 años:

Hacia las once de la mañana de un frío y lluvioso día de invierno hubo de saltar del tálamo regio, muy a su pesar, para que sus doncellas le lavaran el coño con aceite de linaza pues no paraba de rascarse debido a las ladillas con que las putas cortesanas infectaron al rey. Lo que no imaginó ese nefasto día es que tal ritual terminaría siendo demasiado habitual durante los dos primeros años de matrimonio, para dejar de serlo en los subsiguientes, no por cuestiones de higiene sino por abandono del lecho conyugal.

A los 33 años:

El arzobispo Chupatedómine, confesor real, que siempre que lo hacía no paraba de sobarle las mejillas, como si fueran apetitosos buñuelos, cuando era niña y que desde hace algunos años se dormía si la confesión era larga, viose obligado, muy a su pesar, a ceder parte de sus tierras y a dejar de recaudar el diezmo para silenciar las acciones pecaminosas perpetradas con los infantes varones que los nobles encomendaban a su magisterio. Corrían fundados rumores de que al tomar confesión, la tomaban por detrás.

A partir de este año, debido al edulcoramiento de las relaciones diplomáticas que produjo el Tratado de Mumuchismo, se hizo habitual que la Casa Real recibiera una vez al año la visita de algún rey extranjero, ninguna otra recepción de nobles tenía parangón con los fastos derrochados para estas ocasiones. A sus damas de compañía les gustaba especialmente, porque aunque el trabajo era infinitamente más agotador, las recompensa el tener por un momento en sus manos las joyas de la Ubú mientras la vestían. La Ubú era entonces, más que nunca, la más hermosa de todas las presentes haciendo ostentación de sus gemas. Collares, gargantillas, pulseras, broches, diademas, anillos, pañuelos de pedrería incrustada, bastones, guantes, cíngulos, sedas del punjah y pieles de astracán, la vestían de una belleza envidiada por todos los invitados. Cambiaba de atuendo dos veces al día, excepto el de la gala social, al que invitaban a lo más selecto de la nobleza rusa, que la vestían tres veces: una para la comida, otra para la cena y otra para el baile. Era la reconcomia interior del resto de las damas que observaban corroídas como no repetía ni una joya con cada atuendo. La Ubú, era ahora, cuando definitivamente disfrutaba de todo el poder y absoluta vanidad que confiere la regalada realeza. Bien distintas y muy odiadas eran aquellas otras recepciones de corte político-administrativo en las que, sabuesos codiciosos de estómago insaciable, venían solo a festejarse en las despensas.

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