La visita evangélica

Relato erótico

Eudoxio tenía en su cabeza tempestades marinas; sobre el fondo verdoso de su mirada ignota se avistaban cálidos arrecifes de misterioso hipnotismo.

Un  veintiuno de marzo, jueves de Sta Fabiola y S. Nicolás de Flue, confesor; llamaron a su puerta, Angelita y Fermina, Testigas de Josafá.

– Hola; muy buenas tardes. ¿Conoce usted la Palabra de Dios?

– Por supuesto que sí. Y estaré encantado de mostrársela si así lo desean, decía él, haciendo ademán de llevarse la mano a la bragueta.

– Pero; ¿Usted ha leído bien la Biblia?; le decía Angelita, que llevaba una camisa blanca abotonada hasta el cuello, incapaz de ocultar el enorme volumen de sus tetas.

– He leído cien veces el Cantar de los cantares hasta memorizarlo. “Sé bienvenida, amada mía, novia”

– Si; pero eso es solo una parte de la Biblia, replicaba angelita balanceando suavemente las gracias de su cuerpo.

– “Huerto eres cerrado, hermana mía, novia, huerto cerrado, fuente sellada”, decía Eudoxio citando el Cantar y metiendo su mano entre las ingles de Angelita.

– ¡Uy, por favor! Usted necesita oír la Palabra de Dios. ¡Usted ha caído en las garras del demonio!, gritaba azorada.

– “Tus brotes, un paraíso de granados, con frutos exquisitos”, continuaba Eudo, abalanzándose sobre sus pechos y saltándole los botones de la camisa.

– ¡Por favor, tenga educación, compórtese!

– Usted está obsesionado con el sexo, exclamó Fermina, con voz quebrada y nerviosa. Era tímida y delgada y estaba bien buena con su falda de monja y la rebeca azul que le cruzaba por encima de sus pezoncitos de gacela virgen. Pero el bolso de plástico que colgaba de su hombro, con toda la actualidad panfletaria de la secta, la dotaba de un aspecto ridículo, e impropio de pasarelas era, también, el garbo con que lo llevaba.

Eudoxio enfebrecía apasionado. Veíase en las viñas de Engadí con la novia del Cantar. Se sentía cual gacela o joven cervatillo por montes de balsameras. Angelita y Fermina eran nardo y azafrán, caña aromática y canela, en espera del soplido que exhalara sus fragancias.

Eudoxio se bababa. Fermina, al verlo, bajó la vista, avergonzada; y la posó, sin querer, en el soberbio paquete de aquél. La impresión que le causó tal visión, le acarreó un ligero vahído que le hizo caer frontalmente, entrando en su boca abierta todo el paquete de Eudoxio. Eudo la sujetó por la cabeza con fuerza. El envite de Fermina le hizo bufar. El cipote estalló como un obús rompiendo el apretado jeans y haciendo palanca en el paladar de la boca de Fermina. Lo que aprovechó para arrastrarla hasta el sofá donde la recostó, mientras Angelita recogía el suelo sembrado de octavillas y panfletos.

– Fermina ¿Cómo estás? Vamos mujer, la animaba Angelita que estaba muy excitada. Le daba palmaditas en la cara y la zarandeaba.

Eudo, abandonado a su instinto, tocaba con delicada pasión el culo hermoso de Angelita que, al no saber a qué atender, se hacía la loca excusada en la falta de malicia del vehemente en su delirio. Eudo recorría el borde de sus bragas por encima de su falda ibicenca, tactando el minúsculo bordado de la prenda, metiendo levemente los dedos por debajo de las gomas para tirar de ellas, templando las bridas del huracán, aún dormido, que despertaba entre sus nalgas. Después, por debajo de la falda, llenaba su mano con el fruto de la higuera. Sentía calor en el centro de la palma y un cosquilleo de zarcillos por los bordes de su mano. Angelita se contrajo jadeante en un suspiro apagado.

“Toda hermosa eres, amada mía, no hay tacha en ti”, le susurraba al oído metiéndole el dedo por el culo.

Angelita estaba fuera de sí, indecisa y confundida como una gallinita ciega en el desierto. Ingobernables sensaciones se apoderaban de ella. Desde aquel día de su adolescencia, no había vuelto a sentir ese flujo caliente que le rociaba el coño, mojando sus bragas y refrescando sus abandonadas ingles, donde el bello acerado pacía como junco olvidado. Quería creer que ese salvaje deseo no era irreal. Las no muy agraciadas proporciones de su cuerpo, su cuello de rumiante y esas gafas que nunca le sentaban, le dieron poca opción al juego erótico. Estuvo enamorada de un bolchevique, que tras la ruptura del viejo mundo, no supo adaptarse y perdió el tren. Ahora vivía con Fermina en una coqueta estancia donde compartían su virginidad. Paseaban en bragas por la casa. No sentían la más mínima atracción física, pero una irresistible emoción arrastraba sus miradas hacia el pubis de la otra y una agradable sensación de paz invadía sus mentes en la contemplación refleja de sus coños vírgenes. Angelita, sintió traicionar, con su deseo, la complicidad virginal con Fermina. Pero un ardor de primavera intentaba germinar desde el centro de su cuerpo vivo.

Fermina recobraba la tez lentamente balbuciendo un trago de agua. Angelita volvió en sí al oírla y se encaminó a la cocina como un autómata.

“Confortadme con pasteles de pasas, con manzanas reanimadme que enferma estoy de amor”, recitaba Eudoxio, poniendo la frase en los labios de Fermina, postrado de hinojos ante ella. Esta, en su aturdimiento, confundiendo sueño y realidad, oía la voz de Eudoxio como traída del cielo y en la turbia imagen que sus ojos le ofrecían, transformaba a este en el mismísimo Josafá.

El; recorríale la boca con la punta de sus dedos. “Tus labios, una cinta escarlata. Tus dientes, un rebaño de ovejas que salen a bañarse”, decía quedo, inclinándose sobre la fresa rosada de su boca en tierno beso. Fermina oía dulces armonías de rumores marinos y veía a Josafá con el cabello púrpura.

Las manos corredizas de Eudoxio iban desabrochando los botones de la camisa y sus ojos descubriendo, embebidos, aquel paisaje lunar. “Tus dos pechos cual dos crías mellizas de gacela” y  besaba sus pezones dibujando la aureola con su lengua de pincel. Después, levantando el torso, se giró hacia sus pies: “Que lindos son tus pies en las sandalias, hija de príncipe” y sacándoselas como si de seda fueran, le acariciaba las plantas estirándole los dedos. “Las curvas de tus caderas son como collares, obra de mano de artista”, recitaba pausado, mientras con los dedos índices de sus manos, recorría con ternura el flanco exterior de ambas piernas, desde el tobillo a la cadera, arrastrando a su paso la falda de monja por los blancos muslos, sin depilar, de Fermina, hasta que el delta frondoso apareció, reventante, por debajo de sus bragas blancas caladas.

“Tu ombligo es ánfora redonda donde nunca falta el vino. Tu vientre un montón de trigo de lirios rodeado”, y diciendo esto se sumergió entre sus nalgas hasta el monte de la mirra para libar su fragancia.

Fermina comenzó a jadear alcanzando un nuevo éxtasis. El aliento de Josafá entraba por su vientre llevándole el verbo al corazón y haciendo brotar de sus labios versos del Cantar que nunca antes oyó: “Mi amado ha bajado a su huerto”, decía con voz almantecada, “Oh, ven amado mío, salgamos al campo. Pasaremos la noche en las aldeas”, y por las comisuras de sus labios desfilaban en cohorte la lascivia y la lujuria encadenadas. “De mañana saldremos a las viñas, veremos si la vid está en cierne, si las yemas se abren y florecen los granados. Allí te entregaré el don de mis amores”, y sus piernas se abrieron como abanico real. Eudoxio le arrancó las bragas demostrando su casta y enfundó en la vaina su cuerno mágico. Comenzaron a galopar por montes y sabanas entre gemidos felinos y acompasados jadeos.

Angelita venía de la cocina con un vaso de agua en la mano. Había tardado un poco por intentar apagar su ardor vaginal, pero fue en vano. Incluso en un momento de flaqueo llegó a tocarse por encima de la falda, pero consiguió superarlo santiguándose con la mano izquierda, lo que aún siendo poco ortodoxo parece que le dio resultado. Pero al ver a Fermina restallando de placer como un potro enloquecido, sintió como si el jinete cabalgara también dentro de ella. Cayó a plomo, quedando sentada sobre la silla, echándose el vaso de agua en el coño, en posición hierática con el esfínter relajado y la mandíbula batiente. Vio salir a Eudoxio del vientre de Fermina empapado en sudor y semen. Vio el huerto vendimiado de Fermina y el caldo de su viña enrojeciendo la colina del incienso. Dijo: “…el vino” y su mandíbula volvió a caerse.

Eudoxio, eufórico y enternecido, le ofreció el manjar de su cuerpo introduciéndole el nabo en la boca. Angelita comenzó a chuparlo con dulzura hasta dejarlo terso y brillante.

“Bolsita de mirra es mi amado para mí, que anida entre mi pecho”, decía, por otro lado, somnolienta, Fermina, recogida en postura fetal sobre el sofalito.

Eudoxio se agarró el cipote cual racimo de uvas, ofreciendo el fruto a su amada. Angelita lo recibió con la lengua y saboreó la pulpa de las dos uvas sagradas, que agradecidas, elaboraron el magma y destilaron el néctar que vertieron en los labios de Angelita para agasajo de ella.

Por una intima nostalgia rehusó, Angelita, perder su virginidad. Eudo metió entonces la mano por dentro de sus bragas con la intención de perforarle el culo. Pero ella diose por complacida con el dedo por detrás y el cipote por delante con el que poder restregarse el pubis para izar su banderola ( o el clitorís, como decía el Aurelio que era retrasado, cosa que aprovechaba para chascársela en público y poner perdido de lefa a quien se sentara a su izquierda). Y así se emplearon hasta la extenuación. Entrando, al fin, con Fermina en el dulce sueño. Los párpados de Eudoxio cayeron como yunques. Angelita los sostuvo un rato reviviendo los besos dados.

Angelita y Fermina, Testigas de Josafá, se despidieron de Eudoxio cuando la luna dominaba el cielo. Caminaban en silencio con el paso sosegado y sin echar en falta el bolso de plástico con toda la actualidad panfletaria de la secta. Una ráfaga de viento ascendió por entre sus piernas hasta sus inglés mojadas, que refrescó sus vientres, exhalando hasta su olfato, las fragancias de su sexo.

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