Informe Rusadir y Anexo del desierto

INFORME RUSADIR

La campana de Segul extendía en el aire la voz y la carne inhumadas de la niña aleada en el latón.

El ánfora fenicia albergaba el secreto.

La isla de Fócea conserva y augura el presagio.

Rusadir o la cresta iniciática del otro nacimiento.

El bosque trenzado, el palacio de cristal intuido, no están al otro lado del mar.

O el otro lado del mar se ubica en el mismo recoleto espacio en que subsistes.

Rusadir o la aurora temprana que confunde tu piel con el ocre de la tierra.

No hube de incubar un mundo. Me tomó por asalto.

Me arrebato a las playas de la arena escurrida entre los dedos ingenieros del refugio.

Columbrar el pasado o el futuro en un surco irrepetible que roza el viento.

Poder,  fue abandono al querer voluntario.

Correr fue deseo. Moverse un fantasma. Sentir: el conjunto

Las buganvillas del parque cifran mensajes atávicos, telúricas claves.

De entre los flancos, en los regueros de tumbas cimeras, se extiende la mano africana que agarra al mar.

Panteones ingentes. El gran lapidario. Rusadir. La piedra. El brillo.

ANEXO DEL DESIERTO

 

ARENA

Cierne el silencio lo andado.

Ahonda, ahoga, abrasa, asfixia la piel que acomete el paso.

Envuelto el avance. Atrapado el cuerpo.

Convulso el sólido, hermético, compacto en la red plural de sí mismo en partículas.

Ignora este arrullo el ave. Extraña el aire la oscura morada.

Envuelve su cono que arropa el calor del fuego, el beso, el latido.

Alberga el instante, recoge lo quieto, lo mudo, el frío.

La estancia inamovible. Continúa presencia.

Barre el fin, arena del desierto sin flores. Sin roces de esmeralda.

Erosión sin tiempo. Obstinada quietud. Movimiento de nada.

Estuve sentado en la duna a poniente, enterrado de sal como si nada hubiese.

Arena resbala, dorado reflejo. Arena a mi cuerpo, el oro a mis ojos.

ROCIO

Linfa desciende sedosa como un velo.

Un manto invisible, un párpado de pez cierra la noche.

El telón de la aurora acaricia cristalino, moja la seca arena de los desiertos fingidos,

por quien huye, alguna vez, de entre la espesa niebla y se aloja en el cristal.

El cristal del hielo, compuesto de agujas diminutas que esconden secretos y ensartos de niños insomnes.

De ciervos no nacidos. De focas sin bigotes que escurren del Polo de los cuentos.

Las gotas del ámbar. El vidrio que amanece en copos sobre hojas de hierba que no existen.

Los silfos elementales del aire condensan su presencia al filo del día.

Se enrarece su paso. Su fluir se apaga y vuelven a la tierra presintiendo el alba.

El tacto es lo primero: sortijas que en las horas del inicio resbalan por los dedos creadores de la luz.

Desierto en la mañana, superficie infinita de reflejos que retallan en los ojos de los brujos.

Son, reverberando en los rincones de la humana ausencia, las campanillas frescas de la idea

que alivian y despiertan el fragor del sueño.

Rocío donde nada existe, de gotas que engalanan el oro con el nácar.

LUNA

La luna la bella, la luna la bruja.

Chorreante, blanca de nácar, arrulla hipnótica descolgada en un cielo de magia metálica.

Plana. Reflejo herido.

Isis, Tanit, Astarté y los confines del miedo que se abren y envuelven.

Silvas descendieron con la noche a embeberte, lanzaron su ensarto.

El sortilegio fatal, dulzura de sus labios.

Sus seños que refulgen te acarician.

Te embriaga el blanco vientre imantado, del que nunca escapas.

Luna hechicera. Ella, ninfa posesa.

Se enjuga con la muerte y extiende su red para atraparte.

Beso de locura de carmín de sangre.

Diabólica. Luna enamorada. Me gozas y me matas a tu antojo.

No puedo pronunciarme. No mi corazón, tu desdén, tu marioneta.

El vahído. El velo ensortijado que estrangula el deseo.

Sombra letal. Mi complemento.

PIEDRA ROMA

Isla.

De una historia cualquiera, cien personajes vivos, entrecruzan azarosos, propuestas para un constructo.

De un deseo no saciado, uno y otra se conjugan en busca tenaz de la unión por el beso.

Rodaron los atisbos. Gotearon los perfumes.

Los excrementos secos de los bueyes  recuerdan, odiosos, el fracaso del proceso.

Anidan roquedales donde sólo el agua pregona.

La fiebre del basalto, la marca atormentada del reptil que fue.

Urdieron la camada. Trocaron sus manos en pétalos marchitos.

Nada los detuvo ante el último paso.

Cruzando la frontera se intimida al tiempo.

Y el corazón, como polvo transmutado, se deshace en hilos fugitivos.

Quisieron repetirse los cantos aprendidos, las odas venturosas, los aedos del génesis.

De nuevo aquí lo nuevo consumió lo moviente.

Se ignoró, deliberado, el temido sinsentido presagiado y clandestino,

la  carcoma inevitable que conlleva el nacimiento.

Nada. Otra vez lo quieto.

La piedra. Una. Es, tan solo.

Piedra roma, eslabón y baluarte.

LUZ

Tres serpientes enroscadas que cruzan en aspa sus cabezas sobre un paisaje fértil en el centro de un sol.

Jalea de una reina que no tuvo colmena.

Juego incendiario de formas que se eleva.

Fruto privativo en la cámara nupcial.

La luz, que nada extraña, concede que videncies.

Enjuga. Calienta. Divide. Secciona tu estructura.

Deshace el engarce: el Todo es ilusión, lo Uno oscura meta.

Entre los arbolillos que encauzan la vereda, por las tibias hojas que escapan de la rama,

se cuelan sigilosos, haces descolgados que iluminan la flor.

Que calientan y permiten reducidos universos.

O quizás la luz somera: el corazón de la pluma.

Del grafo incontenible detenido ante el agua.

Continuas caravanas en la cola del astro.

Racimos de visiones en la alforja del jinete.

Lluvias mensajeras, de quién sabe dónde, que mojan los espacios.

La luz hace el collar de perlas inventadas.

Sobre la nada angustiosas del desierto,

sobre los techos del mundo construido,

claro espectro, coronas lo posible.

Pirámide solar. Princesa iluminada.

ESPEJO

Trocados los ojos en cualquier realidad que motive el deseo.

Cruzado el espejo en la línea aural que secciona el iris.

Huelo. Oigo. Toco. Veo. Nuevos objetos me implican al mundo encontrado.

Vaivenes del cosmos. Plurales ámbitos que la voluntad interpola.

Desiertos, la nada, el espejo, son siempre el capullo donde el querer

baraja universos latentes y hace reales los mundos posibles.

Corro en la ventana el visillo impermeable.

El miedo que empujan de nuevo insiste en hacerme huir.

La puerta que entreabre metales bruñidos y alfeizar de plata

conduce al palacio de todas las nanas.

Los pajes golpean el crótalo agudo.

Los timbres que nacen, se marchan y vuelven,

recogen canciones del mar para mí.

Tomo la espiral y asciende la brisa.

Miro al sur y un bosque se pierde.

De trasgos y duendes. De blancos carruajes.

De lobos que hablan. De gatos que vuelan.

De oscuras leyendas y magias ocultas.

De plantas extrañas que enseñan la luz.

Libélulas verdes me arrastran al cielo.

Me acogen los reyes del monte encumbrado.

Borro de un trazo, de nuevo, el paisaje.

Pinto otro aire. Cambio la voz.

Yo soy el desierto. Espejismo soy yo.

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